Durante mucho tiempo, el debate sobre la «autonomía estratégica» de Europa se mantuvo en un plano teórico. Sin embargo, los últimos acontecimientos en Washington han supuesto que esa teoría se convierta en un desafío urgente. Desde el gobierno estadounidense, respaldado por la administración del presidente Trump, ha puesto sobre la mesa una propuesta ambiciosa (al igual que polémica): que los países europeos asuman a partir de 2027 la mayor parte de las capacidades convencionales de la OTAN.
Esta reciente demanda, recogida en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, deja más que evidente su intención: reducir la dependencia de EE.UU. y empujar a Europa a hacerse cargo de su propia defensa. Pero, más allá del anuncio, lo que esta propuesta apunta es a un rediseño profundo del sistema de seguridad occidental.
¿Qué implicaciones tiene para Europa esta solicitud de EE.UU.?
Esta exigencia acelera drásticamente el plazo autoimpuesto por la Unión Europea para lograr su autosuficiencia militar, fijado en 2030. Para muchos estados europeos, la fecha límite 2027 suena tan ambiciosa que resulta casi inviable.
Y ahí es donde reside el problema: 2027 es un objetivo extremadamente exigente para una Europa que aún depende en gran medida de capacidades clave lideradas por EE. UU., por lo que aceptar este nuevo reparto implica un aumento masivo de la inversión, producción, cooperación industrial y reorganización del sector defensa.
Además, esta exigencia se enmarca en una nueva estrategia por parte de EE.UU. que ha encontrado en la Guerra en Ucrania la justificación perfecta para acelerar una reestructuración de la OTAN. Este documento estadounidense intensifica el nivel de exigencia financiera, estableciendo una meta inalcanzable en el corto plazo de elevar el gasto en defensa del 2% al 5% del PIB por parte de los aliados, bajo el llamado Compromiso de La Haya.
Pero la presión de EE. UU. va más allá de lo militar. Busca debilitar la base industrial y tecnológica europea criticando sus normativas. El documento oficial tacha la regulación sobre privacidad, IA y sostenibilidad como «asfixia regulatoria», una crítica y ataque directo que busca deslegitimar el marco regulatorio europeo y favorecer la adopción de estándares norteamericanos como referencia global.
Esta acusación no es inocente. Forma parte de una estrategia más amplia para evitar que Europa desarrolle una base industrial autónoma capaz de competir con la estadounidense. El objetivo es claro: Estados Unidos priorizará sus propios estándares y cadenas de suministro, viendo a Europa más como un «museo», lleno de estructuras antiguas, que innova poco y dependiente de otros, en lugar de un «laboratorio» capaz de desarrollar y escalar soluciones propias.
Y aquí es donde entra en juego una reflexión clave para el sector industrial y tecnológico europeo: Europa debe modernizar su Defensa, y debe hacerlo rápido; y eso pasa por apoyarse un modelo híbrido: capacidades convencionales + tecnologías duales + agilidad de innovación.
Además, es necesario contar con visión estratégica, una comprensión profunda del ecosistema industrial europeo y la capacidad de alinear tecnología, financiación y necesidades operativas.
En definitiva, esta exigencia interpuesta por el gobierno estadounidense de asumir las fuerzas convencionales de la OTAN en 2027, aunque irrealista, es la confirmación de que la autonomía y madurez estratégica ya no es una opción, sino una necesidad urgente y debe decidir si quiere ser un actor capaz de protegerse a sí mismo o dependiente de las decisiones de otros. Si Europa y sus países miembros reaccionan con agilidad, visión y determinación, lo que hoy parece un reto puede ser el impulso para que Europa se convierta en un actor más autónomo, resiliente y competitivo en el panorama global de defensa para las próximas décadas.